sábado, 8 de octubre de 2011

El hogar refleja la naturaleza familiar de la congregación verdadera

Hay una afinidad natural entre la reunión de hogar y el motivo familiar de la congregación que satura los escritos de Pablo. Debido a que el hogar es el ambiente natural de la familia, el mismo le proporciona una atmósfera familiar a la ejkklesíiva /ekklesía/ -esa misma atmósfera que saturaba la vida de los cristianos primitivos. ¡ Y eso es en el fondo lo que fundó Jesús de Nazaret!: El descubrimiento de la Paternidad de Dios y la fraternidad humana hacia toda la humanidad y cultivada en la hermandad de la Congregación. Sí, la Humanidad es una Familia, y el cimiento para dar a conocer esa buena nueva es la Congregación. Al respecto note el ambiente familiar-espiritual de las congregaciones primitivas:
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"De estos textos parece desprenderse que en los tiempos apostólicos los cristianos usaban el término ’Ab·bá’ en sus oraciones a Dios" - Perspicacia. Es evidente, por lo tanto, que en sus reuniones los cristianos se sentían como parte de una fraternidad espiritual con un Abba en el centro.
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En total contraste, el ambiente artificial que ofrece el edificio eclesiástico promueve un clima impersonal que, a su vez, inhibe la intimidad y la responsabilidad. El edificio, salón de reuniones, capilla,  e incluso un estadio convencional produce una cierta rigidez sofocante que es contraria a la grata atmósfera extraoficial de la reunión de hogar. Además, resulta bastante fácil “perderse” en un vasto y complejo edificio, o en medio de una multitud en un estadio. Debido a la naturaleza espaciosa y remota de la iglesia basílica o sala de reunión, no es difícil que la gente pase inadvertida (algunos desaparecen terminadas las reuniones formales) -o peor, que se oculte en sus pecados. No es así en un hogar. Todas nuestras verrugas aparecen allí -y con razón es así. En la reunión cada uno es reconocido, aceptado, alentado y ayudado.

A más de eso, la manera formal en que se hacen las cosas en una edificación religiosa, tiende a desanimar la correspondencia y espontaneidad mutuas que caracterizaban a las reuniones eclesiales primitivas. Por ejemplo, si usted se esfuerza en interpretar la arquitectura de un típico edificio de iglesia o salón, descubrirá que efectivamente el mismo enseña que la iglesia es pasiva. La estructura interior del edificio no está diseñada para que haya comunicación interpersonal, cohesión social, ministerio mutuo o confraternización. En cambio, está diseñada para una rígida comunicación unidireccional -púlpito a banca, líder u orador a congregación.

A este respecto, el típico edificio de “iglesia” no es diferente de un salón de conferencias o de un cine. La congregación se encuentra cuidadosamente acomodada en bancas (o sillas) para que vea y escuche al pastor, anciano (o sacerdote) que habla desde el púlpito o atril. El público fija su atención en un solo punto -el líder clerical y su púlpito. (En las iglesias litúrgicas, la mesa/altar toma el lugar del púlpito como el punto central de referencia.).  Semejante arreglo no sólo refuerza la sima que hay entre clero y laicado, entre autoridad privilegiada y los sin privilegios,  sino que nutre la mentalidad de “espectador” que aflige a la mayor parte del Cuerpo del Cristo  hoy en día. Con respecto a esto, W.J. Pethybridge observa sagazmente:
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"En la reunión de un pequeño grupo que tiene lugar en la amistosa unión de un hogar, todos pueden conocerse uno al otro y las relaciones son más reales y menos formales. Siendo un número menor de personas, resulta posible que todos tomen parte activa en la reunión, y así todo el Cuerpo de Cristo presente puede funcionar... Tener un edificio especial para reuniones, casi siempre entraña la idea de una persona especial como ministro, lo que resulta en un “ministerio de un solo hombre” e impide el pleno ejercicio del sacerdocio de todos los creyentes"  (The Lost Secret of The Early Church /El secreto perdido de la iglesia primitiva/).

Entonces, parece claro que los cristianos primitivos tuvieran sus reuniones en el hogar, para expresar el carácter de la vida de la misma congregación. Esto es, se reunían en las casas para alentar la dimensión familiar de su adoración, comunión y ministerio mutuo. El Padre Celestial y su familia. En esa familia espiritual todos son humildes como niños para recibir la gracia de la Palabra del Padre expresada en la Biblia.  Las reuniones celebradas en el hogar hacían en forma natural que los santos sintieran que los intereses de la iglesia o congregación eran sus intereses. Eso fomentaba un sentido de unión entre ellos mismos y la iglesia, en vez de distanciarlos de ella (como es con tanta frecuencia el caso hoy día -donde los miembros asisten a la congregación como espectadores remotos, más bien que como participantes activos). De hecho, éste último problema es el que genera la merma y la falta de entusiasmo en los proyectos que una congregación puede tener. Además, para a los ancianos se les dificulta el pastoreo. La eliminación de los Estudios de Libro (que eran lo más parecido al arreglo del I siglo) fué una estocada a la supervisión amorosa de los ancianos para dar una atención más personalizada al grupo. Actualmente solo buscan a los hermanos para pedirles los informes a fin de mes. Pero no es culpa de los ancianos. Ellos no tomaron la decisión.
 
En breve, la reunión eclesial casera proporcionaba tanto la conexión, como las relaciones profundamente arraigadas que han de caracterizar a la ekklesía (Iglesia) verdadera. El espíritu de la reunión basada en el hogar proporcionaba a los santos una atmósfera de tipo familiar, en la que ocurría el verdadero compañerismo de convivir hombro con hombro, en contacto directo y de completo acuerdo. Producía un clima que fomentaba la sincera comunicación, la cohesión espiritual y la comunión sin reservas -rasgos indispensables para la plena experiencia y florecimiento de la koinwníiva /koinonía/ (comunión compartida) del Espíritu Santo para la cual fuimos destinados. En todas estas formas, la reunión eclesial casera no sólo es fundamentalmente bíblica, sino que difiere vívidamente del servicio religioso moderno de estilo púlpito-banca, donde los creyentes se ven forzados a confraternizar durante una hora o dos con la parte trasera de la cabeza de algunos. En su análisis respecto del lugar de reunión de la iglesia, W.  Nee hace la siguiente observación:
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"En nuestras congregaciones de hoy debemos retornar al principio del “aposento alto”. La planta baja es un lugar para negocios, un lugar para que los hombres vengan y vayan; pero hay más de atmósfera de hogar en el aposento alto. Es por eso que en la Palabra de Dios encontramos que sus hijos se reúnen en la atmósfera familiar de un hogar privado... debemos tratar de fomentar las reuniones en los hogares de los cristianos... los hogares de los hermanos satisfarán casi siempre las necesidades de las reuniones eclesiales" (The Normal Christian Church Life /La vida eclesial cristiana normal/.)

Vivimos en un día en que mucha gente, de modo especial la juventud, está buscando autenticidad espiritual. Para mucha de esa gente, las iglesias que se congregan en anfiteatros, salones del reino, en catedrales de cristal y en edificios majestuosos con torres de marfil, parecen superficiales y frívolas. Por contraste, la iglesia que se congrega en un hogar, sirve como un fructífero testimonio de realidad espiritual, en especial a los inconversos (incrédulos) que están escépticos respecto de aquellas instituciones religiosas que equiparan edificios encantadores y presupuestos de muchos millones de dólares con el buen éxito.
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Muchos inconversos no asistirán a un moderno servicio religioso celebrado en una iglesia basílica, en que se espera que los que asisten, vistan “de etiqueta” para la función. Pero con frecuencia no se sentirán amenazados ni inhibidos al reunirse en la comodidad natural de la casa de alguien, donde pueden ser “ellos mismos”. La atmósfera informal del hogar, en contraste con un edificio eclesiástico, es mucho más atractiva para ellos. Quizá ésta es otra razón de por qué los cristianos primitivos preferían el sencillo ambiente de una casa para adorar a su Señor, más bien que erigir santuarios, capillas paganas y sinagogas, como hacían las demás religiones de su día.

Irónicamente, muchos cristianos modernos creen que si una congregación no posee un buen edificio, su testimonio al mundo se verá de algún modo inhibido y su crecimiento quedará entorpecido. Asi es común escuchar que los salones son "testimonios en la comunidad" o que ésto provocará un sentimiento de "orgullo" para que los estudiantes asistan. Pero nada podría estar más lejos de la verdad. Arguyendo sobre la base de que la iglesia primitiva no empezó a construir edificios hasta el tercer siglo, Howard Snyder observa:

"...Puede que los edificios sean buenos para cualquier otra cosa, pero no son esenciales ni para el crecimiento numérico ni para alcanzar profundidad espiritual. La iglesia primitiva poseía estas dos cualidades, y hasta tiempos recientes el máximo período de vitalidad y crecimiento de la iglesia fue durante los primeros dos siglos d. de C. Para decirlo con otras palabras, la iglesia creció más rápido que nunca cuando no tuvo la ayuda -o impedimento- de los edificios eclesiásticos" - (The Problem of Wineskins /El problema de los odres/).

Con frecuencia se asocia la noción contemporánea de “iglesia” con un edificio (comúnmente llamado "el santuario"). Sin embargo, según la Biblia, son los creyentes en quienes mora la vida de Dios los que son llamados "la casa de Dios", no los ladrillos y la mezcla. Mientras que en el judaísmo el templo ha sido el lugar de reunión consagrado, en el cristianismo la comunidad de creyentes es la que constituye el templo.

Ésto quedó claro cuando 33 años después de la muerte del Templo del cuerpo de Cristo (de 33 años), el Templo literal de Jehová en Jerusalén comenzó a ser devastado. Tres años y medio más tarde fué destruído totalmente.

Pero incluso antes de ésto, ya estaba claro dónde estaba el sistema de adoración aprobado:

"¿No saben que ustedes son el templo de Dios, y que el espíritu de Dios mora en ustedes?" (1 Corintios 3:16).

La ubicación espacial de la reunión cristiana primitiva iba directamente contra las costumbres religiosas del primer siglo. Los judíos habían designado edificios para su adoración corporativa (sinagogas), y asimismo hacían los paganos (santuarios). Así, pues, tanto el judaísmo como el paganismo enseñan que debe haber un lugar consagrado para la adoración divina. Pero no es así con el cristianismo. En el primer siglo, la iglesia primitiva era el único grupo religioso que se reunía exclusivamente en hogares. En tanto que habría sido muy natural que ellos siguieran su herencia judía y erigieran edificios que fuesen apropiados para sus necesidades, de intento se abstenían de hacer eso. Quizá los creyentes primitivos conocían la confusión que los edificios consagrados habrían de producir, y por tanto, se abstenían de erigirlos para preservar el testimonio de que el pueblo constituía las piedras vivas que forman la habitación de Dios.
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Afanarse en la construcción de Iglesias, Capillas, o Salones,  sean éstos elaborados o sencillos,  es un retroceso espiritual. Es volver a las "sombras" y dejar la "realidad" que nos trajo el Cristo. Y justamente ya que las Escrituras Griegas Cristianas no ofrecen apoyo para la edificación de edificios religiosos, se recurre a los ejemplos de la Era del Pacto de la Ley: El Tabernáculo y el Templo, sobre todo para recaudar fondos.

Como observamos, el sentimiento de relación familiar, la simplicidad que permite fijar nuestra atención en lo que es espiritual, el sentimiento de que la reunión es—no algo que está en algún compartimento distinto, separado—sino simplemente una más de las muchas hebras de la actividad, que tejidas juntas forman el tejido de una vida de servicio a Dios, y una expresión natural de interés amoroso en los demás nos hacen ver que el arreglo del siglo I era el mejor. Personalmente creo que esos factores se enaltecen con las reuniones en los hogares, y que a menudo quedan enmascarados en los llamados “servicios religiosos” oficiales.

Hoy, muchos salones e iglesias tienen serios problemas de asistencia. Es mejor por lo tanto, tener una congregación sin edificio, que un edificio vacío sin congregación...

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